Tiempo otorgado
Parece que fue ayer cuando de golpe supe que te habías ido, quizá lo esperaba, pero muy dentro de mí, ¡quería creer!… ¡Quería tener fe y esperanza de que no sucediera!… Te confieso que tenía un miedo aterrador… La espera de saber de ti, era interminable… Los minutos me parecían más lentos que de costumbre…
¡Y yo ahí, con la impotencia de no poder hacer nada, absolutamente nada!… Solo quedaba esperar la llamada de quién me diría como te encontrabas… En el momento menos esperado escuché el teléfono, sentí que el corazón se me saldría del pecho… Un mal presentimiento irrumpió todo mi ser…
No podía creer lo que había escuchado… _ ¡“Acaba de morir mi papá”!_ y silencio… Hasta ese momento no sabía cuanto te quería… Cuanto te admiraba, no imaginé llorar tanto como lo hice por ti, ni con tanto sentimiento… Jamás imaginé lo significativo que eras en mi vida… Llegaban toda clase de recuerdos a mi cabeza, con un montón de sentimientos encontrados…
Un océano de lágrimas y un nudo en la garganta no me permitía gritar, y desahogarme… Creo que hasta la fecha, sigo sin poder hacerlo… Te habías marchado, nos habías abandonado…
Era hora de partir, debía viajar durante diez horas para darte el último adiós, no podía quedarme sin despedirte…
La carretera y la oscuridad de la noche, fueron testigos de mis pensamientos, recordaba lo que me habías dicho cinco años atrás, durante una visita que te hice en el hospital, donde te encontrabas después de haber sufrido un infarto, cuando te pregunté ¿Cómo estabas?, me sorprendiste realmente con tu respuesta al decirme que estabas muy contento, porque habías pedido a nuestro Señor humildemente que te diera un poquito de tiempo para dejar tus cosas en orden, y que sabías que ese tiempo te lo había otorgado parque en ese momento te habían dado de alta …
Esas palabras me hacían eco una y otra vez en mi memoria, pues yo sabía, que no te resistirías ya, ante la llamada de Dios padre, pues evidentemente, el tiempo otorgado ya había terminado, había llegado a su fin… y tu amorosamente te habías entregado a las manos del señor…
En mi mente ya sabía que te habías ido pero mi corazón aún necesita tiempo para saber y aceptar que partiste… Era la primera vez que estaría en un velorio, y tenía un miedo incontrolable… Solo había visto en programas de televisión como era todo aquello, y obviamente no era algo que se le deseara a una persona… ¡Hasta la piel se me erizaba, siendo que todo eso que veía era una actuación!…
Me preguntaba entonces ¿cuál sería la magnitud de todo esto?, ¿Quiénes estarán? ¿Gritarían? ¿Habría desmayados? ¿Habría gente que se revelara contra Dios? ¿Cómo sería todo aquello? ¿Tendríamos resignación? Sentía un nudo en el estómago solo de pensarlo…
Quería que el tiempo se detuviera, para no sentir nada, solo recordar tu imagen y tu abrazo cálido.
Que extraño fue al llegar al velorio, siempre creí que en esas circunstancias todos vestirían de negro, aquí no, vestían todos de blanco… como si fuéramos la guía de luz, al camino de Dios padre… Todo en silencio, nadie lloraba, ni gritaban, solo se escuchaban los grillos, que con su melodioso sonido te acompañaban en tu descanso…
Todo era tranquilidad, serenidad, se irradiaba paz, calma total… En la misa de cuerpo presente el padre hablo hermoso de ti, habló de la gente que siempre ayudabas, de tu bondad, de tu alegría, del tiempo que siempre tenías dispuesto para los demás, de tus ocurrencias, y tu sentido del humor, de tu enorme corazón, de tu amor por tus semejantes, y especialmente de tu fe…
Nos contó como te quisiste confesar un día antes de tu partida, porque estabas plenamente consciente y seguro de que el tiempo otorgado había llegado a su fin, de que nuestro Padre Celestial había tocado a tu puerta para que partieras hacia él… El sacerdote dijo que lo dejaste sin habla, porque era evidente que te encontrabas ya muy cansado… aún en esas condiciones dijiste a Dios, “Hágase tu voluntad”
¡Nadie se podría mover, era asombrosa la cantidad de gente que fue a darte el último adiós!… Y fue ahí donde yo no pude contenerme más, mis lágrimas recorrían no solo mi rostro, sino mi corazón y mi cuerpo entero, me dolía el alma, el espíritu, hasta la punta del cabello… La gente cantaba para ti, y ahí estaban todos tus hijos, tus nietos, bisnietos, nueras, yernos, tu esposa, y todos tus amigos…
¡Cuanto me dolió darte el adiós frente a una caja con tus manitas en el pecho, y tu rostro inundado de paz!… Hubiera querido repetirte una vez más cuanto te quería, hubiera querido abrazarte y sentir tu cuerpo calientito, y esa paz que siempre irradiabas al contacto contigo, esas palabras de amor que siempre tenías durante el abrazo, y ese no sé que, que hacía que todo mundo te quisiera y respetara…
El momento más doloroso fue ver a mi amado esposo, recoger con la pala la tierra que cubriría para siempre tu rostro, y tu cuerpo, ese sonido que hacía la pala al contacto con la arena, jamás lo olvidaré, eran como rasgar una y otra vez el alma, hasta que el corazón quedara hecho pedacitos, de tanto dolor, en ese momento todos llorábamos… Sin embargo nadie se reveló, todos y cada uno del los que estábamos ahí aceptamos tu muerte con resignación… Definitivamente sé que nos volveremos a reencontrar… ¿Qué no la muerte es el principio de la vida eterna? "Jesús le dijo: -Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá para siempre.
Todos dijimos palabras de agradecimiento para ti, que se resume en que fuiste un esposo, padre, suegro, abuelo, hermano, amigo consejero, ¡maravilloso!
Mientras cantaban “A mi manera” tu canción favorita, no habría ya nada que pudiera consolarme y mucho menos habría una palabra que pudiera pronunciar yo, para sosegar el dolor que sentía mi esposo al verte por última vez, su rostro estaba totalmente desencajado, jamás vi tanta tristeza acumulada en él, parecía que el dolor había pasado golpeando su rostro una y otra vez, burlándose de su sufrimiento…
No había palabras que pudieran aliviar el dolor que sentíamos, solo nos fundimos en una abrazo doloroso y silencioso, un silencio que decía más de lo que todo lo que las palabras pudieran decir…
Ya ha pasado un año, y aún prevalece el dolor, solo queda resignarnos y acordarnos que un día nuevamente nos volveremos a encontrar, y aplicar una de tus tantas frases que siempre nos decías: “Esto también pasará”
Gracias querido suegro, gracias porque me adoptaste como una hija más, gracias por todo lo que me enseñaste, gracias por querer tanto a mis hijos, gracias por ser como un padre para mí, por ser un ejemplo de vida, por ser un ejemplo de matrimonio, por tu bondad por tu inquebrantable fe y mil gracias por tener un hijo maravilloso que hasta el día de hoy aún sigue siendo el amor de mi vida.
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